Embarazo que no fue

Esta vez sentí muy diferente cuando me enteré que estaba embarazada. Claro que me invadió la inevitable angustia, pero también me puse muy contenta porque lo estábamos buscando. Antes de empezar a pensar en todo lo que implicaba, una sonrisa enorme apareció en mi cara cuando visualicé las dos rayitas en la prueba casera. Quería vivir nuevamente todo el proceso, ver mi cuerpo cambiar, sentirlo moverse dentro de mí, morirme de emoción por conocerlo, amamantarlo y ser testigo de sus primeras veces. Se necesita medio segundo para saborear la dulce y caótica idea de otro crío. Me preocupaban cosas como de dónde iba a sacar tanto amor si al primero ya lo adoraba, cómo se iba a llamar si era hombre, las elevadas colegiaturas de la universidad, mi trabajo, la organización del tiempo. Jamás me alarmó la idea de alguna complicación en mi embarazo. No, esas cosas no me suceden a mí.

Una semana después de enterarme que estaba embarazada empecé a sangrar de la nada. El doctor me dio reposo, progesterona, muchos líquidos, un análisis de sangre para cuantificar la hormona y una cita dentro de cuatro días. Era tan temprano en mi embarazo que aún no se podía ver nada. Me recosté y así pasaron 72 horas de sangrado intermitente con mucha incertidumbre. Me puse a pensar en todas las cosas que probablemente hice mal: Ximena, tienes que hacer ejercicio, comer a tus horas, estás muy flaca, no te desveles, te estresas mucho en el trabajo. Como siempre lo primero que hice fue echarme la culpa.

Quería que mi parte racional me dominará, pero en la sala de espera del consultorio estaba aterrada. Lo único que quería escuchar era que todo se iba a arreglar con un poco de reposo, pastillas y cuidados; que iba a conocer a mi bebé en 9 meses. No sucedió. El embarazo fue inviable desde el principio. Mi cuerpo ya había iniciado el proceso para detenerlo. No te preocupes, dijo el doctor, no hiciste nada malo, no estás predispuesta, es una cuestión de suerte, hay un 15% de posibilidades de que suceda cada vez que una mujer se embaraza. Tenemos que limpiar tu cuerpo y pueden intentarlo después sin problemas. A mí se me atoraron las lágrimas en la garganta. Es duro ilusionarte, tener expectativas llenas de amor y por cuestiones que no entiendes las tienes que dejar ir. Te sientes culpable y tienes mucho miedo de intentarlo nuevamente.

Sé que era un embarazo químico, que mejor ahora que después, que la naturaleza es inteligente, que mi cuerpo sabe lo que hace y que todo va a estar bien. Pero prefiero no jugar a ser fuerte. La verdad es que estoy triste.

Lo que más duele es la desilusión.

Le pasa al 15% de las mujeres que se embarazan y aun así nadie habla de esto. Yo decidí no quedarme callada y pretender que nada sucedió porque no es un secreto que me avergüence. Además, sí pasó algo y se sintió muy feo. Supongo que es mi forma de acompañar a todas las mujeres que han pasado por esto. Aquí estamos, más valientes que nunca y listas para lo que sigue.

Adiós lactancia

lactancia-post

Llevábamos un año tres meses con leche materna y era momento de pasar a la siguiente etapa. Yo  nunca me he creído eso de “a los tres meses sostiene solo la cabeza, al año camina, ¿tiene dos años y le sigues dando pecho?”. La verdad es que cada bebé, cada mamá y, en general, cada ser humano es diferente.  Los tiempos de la maternidad son algo muy personal.

Sabía que no iba a ser algo fácil. Después de todo mi crío ni siquiera agarraba la mamila y por mi parte, pues disfrutaba infinitamente esos momentos de conexión profunda. Nunca voy a olvidar su mirada fija, su mano abrazándome con fuerza, su respiración y su piecito bailarín mientras tomaba pecho. Me encantaba el sonido, la sensación, el olor, la simple idea de saber que mi cuerpo era capaz de producir todo el alimento necesario para mantener vivo a la expresión máxima  del amor (jaja perdón me pasé de cursi). Me sentía la mujer más poderosa del mundo y al mismo tiempo totalmente vulnerable por no saber cómo manejar tanto amor y tanta ternura. Me gustaba alimentarlo en las madrugadas, cuando todo estaba silencioso y por instantes solo existíamos él y yo… bueno y la vida, la creación, la magia, la fuerza del universo. Era ese tipo de felicidad que te arranca lágrimas. Plenitud.

Claro que no fue fácil la lactancia. Al principio me dolía mucho, me irritaba y pues no tengo que recordarles la historia de mis caóticos viajes de trabajo  y el hecho de que no había poder humano que hiciera que el crío tomara mi leche de una mamila. Además, la lactancia es un compromiso. Al principio alimentaba cada hora y media, luego cada tres y pues durante muchos meses no podía separarme del bebé por más de cuatro horas. A veces me sentía atrapada y un poco desesperada. Otras veces me moría por echarme más de una copa y comer absolutamente todo lo que se me antojara. Pero al final la vida se trata de tomar decisiones. Yo decidí amamantar el mayor tiempo posible a mi hijo, y no me arrepiento ni un segundo. Hoy puedo decir que la lactancia es de las experiencias más maravillosas que he vivido.

Dejar  la lactancia no fue tan tortuoso como lo imaginé. Fui quitando tomas una por una durante aproximadamente un mes. Por supuesto que lloró un poco, pero creo que hacerlo con respeto y paulatinamente ayudó a suavizar el proceso. Recuerdo la toma de despedida. Era como si los dos supiéramos que era la última vez. Había complicidad en el ambiente y sonrisas. Inmediatamente después, como por arte de magia, agarró el biberón. Respiré de alivio.

En el proceso de verlo crecer se confunde la nostalgia con la emoción y se hace un nuevo sentimiento que no tiene nombre aún. Así es la maternidad: la urgencia de inventar palabras.

 

Decálogo para los papás

papaSé que a veces te sientes abrumada por la maternidad, sola,  que no puedes con todo, que lo estás haciendo fatal. Sé que hay días que extrañas tu vida antes de tener uno, dos, tres hijos y te sientes un poquito culpable por pensarlo. Extrañas los días cuando podías simplemente no hacer nada, trabajar sin parar, ir de fiesta, despreocuparte, ser dueña de tu propio tiempo. Sé que quieres profundamente a tus hijos y estás feliz de ser mamá, pero a veces se vale gritarle a los cuatro vientos que estás harta,  cansada y solo quieres aventarte en un sillón, tomarte una copa de vino (o tres) y comer chocolate sin que un adorable y diminuto ser requiera tu atención.

Sé que sientes nostalgia por lo que eras antes, por lo que tú y tu pareja solían hacer. Tienes miedo de verte ojerosa, gorda, desarreglada y de estar demasiado tiempo cansada, estresada o de mal humor. Quieres que él no se olvide de lo divertida que eras. No sabes cómo hacerle entender que debajo de todo este caos, aún estás tú; aquella mujer fabulosa de la que se enamoró.

No es fácil cargar con todo esto, pero no te impongas una triple responsabilidad. Primero tienes que ver por ti y luego por todos los demás, porque entre más feliz seas tú, más felices serán las personas que te rodean.

Confía también en él. La persona que se metió contigo en esta locura de ser padres, quiere ayudarte. Solamente que para ellos es más complicado entender algunas cosas. Tal vez tienes a tu lado al papá que conecta inmediatamente con los críos y con la situación, pero la mayoría de las veces, a ellos les cuesta más trabajo.

Yo por supuesto que quiero una crianza compartida, pero me tomó mucho tiempo entender que ellos no viven el proceso de la misma manera. Yo creo que sí tiene que ver con que no lo llevan dentro de su cuerpo 9 meses y no lo amamantan o más bien con la sociedad machista en la que todavía vivimos; pero pues no soy experta en el tema y solo hablo desde la  (poca) experiencia que tengo.

Claro que hay mil maneras de fomentar el apego con los padres, pero es importante entender que su perspectiva es diferente y tampoco podemos exigir que lo vivan de la misma manera que nosotras. Tenemos que respetar su proceso,  ser empáticas y apoyarlos. Ser papá también debe conllevar una revolución en su interior, dudas, miedos y estrés. Créanme, tampoco es tarea fácil.

Lo que sí podemos hacer es darles una ayudadita. Decirles claramente lo que queremos y cuál es la mejor manera de apoyarnos. Así que escribí este decálogo para los papás. Son las cosas simples que ellos pueden hacer para evitar roces innecesarios y frustración. Además nos harían sentir queridas y comprendidas casi de manera inmediata.

  1. Olvida la frase “te ayudo con el bebé”. No estás ayudándole a la madre de tus hijos en absolutamente nada. Es responsabilidad de ambos.
  2. Despiértate en la noche tú también. Aunque no le puedas dar pecho, ayudaría mucho si te levantas por el crío, le revisas el pañal, lo acomodas y ofreces un vaso de agua a la mamá. Los dos tienen cosas que hacer al día siguiente, así que es mejor ser solidarios.
  3. Cambia los pañales cada vez que puedas. No tienes una idea todo lo que implica esta simple acción.
  4. Incluye más seguido en tu vocabulario las frases “deja, yo lo hago” y “hoy duerme un poco más, yo me encargo”.
  5. Lee acerca de la paternidad, la crianza, las etapas del bebé, los cambios hormonales de tu esposa, los patrones de sueño, cómo quitar el hipo, los cólicos, las rozaduras, la angustia de separación, la alimentación etc. Infórmate, pregunta, platica con otros papás. Los círculos de papás son menos comunes, pero muestra interés en todos estos temas.
  6. Busca tiempo para ustedes y dale tiempo a ella sola. Salgan a pasear sin el crío, aunque sea poco tiempo. Otro día dile que se vaya a donde quiera y tú te encargas de todo lo demás.
  7. Valora explícitamente sus esfuerzos por hacer las cosas bien y criar a un ser humano de la mejor manera.
  8. No le digas NUNCA (a menos que quieras que te aviente una silla en la cabeza) que ha cambiado y ya no es la misma de antes.
  9. Dile que está hermosa así: ojerosa e intensa.
  10. Recuérdale todo el tiempo que estás ahí, que están juntos en esto y que todo va a estar bien.

Queridas #madrescaóticas, ¿me ayudan a completar esta lista?

El primer año de mamá

1 añoLa semana pasada mi crío cumplió un año. Ahora parece tan lejano cuando estuve a punto de parir en la regadera de mi pequeña casa en la colonia Roma. Lejos están los primeros días cuando lloraba de angustia y soledad. Me da risa pensar en la mamá confundida que no sabía cómo cambiar pañales o calmar el llanto de su bebé. Bueno, claro que sigo confundida (jaja), pero por otras muchas cosas de este mundo que no acabo de comprender por completo.

Es verdad, estoy exhausta porque llevo un año sin dormir (y contando porque no veo para cuando este niño duerma toda la noche). También tengo a un torbellino en casa, unas ojeras permanentes y a veces no sé cómo me llamo o qué día de la semana es, pero definitivamente ser mamá me hace brutalmente feliz. No cambiaría por nada despertar los tres en la cama y besarnos antes de abrir por completo los ojos; escucharlo reír; compartir su emoción en las tantas primeras veces; verlo caminar como borrachito hacia mí para abrazarme; observarlo dormir; sentir lo contento que se pone cuando me ve,  compartir miradas mientras lo amamanto; notar que poco a poco se vuelve más independiente; enseñarle cosas; darle la mano; acompañarlo; jugar…

En fin, el primer año de mamá también me impulsa a reflexionar acerca de la etapa que estoy viviendo como ser humano. Soy mamá, pero también soy muchas otras cosas. Mi hijo es solamente una de mis prioridades. Tengo proyectos profesionales y personales que quiero realizar y nada me va a detener. Un crío no limita, impulsa. Ahora entiendo la importancia del equilibrio.

Quiero lo mejor para él, pero también para mí.  No comparto la idea de la madre abnegada que sacrifica todo por sus hijos. Llámenme egoísta, pero me tiene sin cuidado. Tal vez soy la definición exacta de lo que mi abuela consideraría una mala madre y no me importa. Estoy convencida que entre más feliz sea yo, más feliz será mi crío. Con el ejemplo quiero enseñarlo a vivir plenamente.

Así que mi recomendación a todas las mamás es que se preocupen menos y disfruten más. Sean menos perfectas y más caóticas. Ríanse a carcajadas cuando las cosas se salgan de control. Lloren y griten si lo necesitan, pero no olviden que todo pasa y absolutamente todo mejora. Dejen ir la angustia y el miedo. No se sientan culpables por trabajar o querer estar solas. No se pierdan a ustedes mismas en el camino. Tómense el tiempo para ver a los amigos. Aunque no lo crean, lo están haciendo muy bien. Pidan ayuda cuando lo necesiten y formen un círculo social de apoyo. No se estresen de más si la casa está desordenada. Les juro que no pasa nada si un día el crío no se baña. Digan más veces que sí a una copa de vino, al marido, a una responsabilidad extra en el trabajo. No sean tan exigentes con ustedes mismas. Bajen sus expectativas y vivan más intensamente el presente.

El tiempo pasa muy rápido. Su crío crece a toda velocidad. Valoren cada maldito instante. Por favor, disfruten más ser mamás.

Yo nunca me compré la idea de que ser mamá es lo mejor que le puede pasar a una mujer y es lo más alto a lo que puede aspirar, pero definitivamente es lo más intenso que me ha sucedido y me encanta sentirlo. Sí, esas somos nosotras, las madres de hoy, las #madrescaoticas.  Estamos en nuestros treintas, nos sentimos mejor que nunca, tenemos otros intereses y proyectos, ser mamás no es lo único que nos define y, aún así, vivimos la maternidad con locura, buen humor y sobre todo mucho mucho amor.

Primer día de guardería y mi angustia de separación

nutella

Me sentía fuerte y segura de mi decisión. El crío y yo llevábamos 11 meses como uña y mugre, juntos las 24 horas, los 7 días de la semana. Sin embargo, por muchas razones sentí que era momento de iniciar otra etapa. Mi bebé iría unas horas a la guardería para que esta #madrecaótica tuviera tiempo de trabajar y realizar los mil y un pendientes.

Durante una semana hablé mucho con el crío. Le explique que la rutina iba a cambiar y ya no estaría todo el día pegado a su mamá, pero que iba a divertirse y a aprender cosas nuevas. Le dejé muy claro (no sé si me entendió) que siempre iba a volver por él y que lo adoraba con toda mi alma. La noche anterior le preparé su mochilita y lo acosté  como siempre. Él se durmió tranquilo, pero cuando salí de su cuarto una sensación extraña y totalmente inesperada se apoderó de mí. Empecé a sentir una presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me tomó unos minutos entender qué me pasaba.

Cuando fui capaz de ponerlo en palabras, las lágrimas empezaron a escurrir sin control. Inmediatamente me diagnostiqué: Angustia de Separación Severa. También le pueden llamar: Hijitis Aguda, Apego Intenso o #mátenmeporquememuero. Así fue. Les juro sentía que me moría. No sabía cómo manejar la idea de estar físicamente lejos de mi crío. Me tuve que comer un bote entero de Nutella con los dedos para poder dormir.

A la mañana siguiente, tomé valor de no sé donde, y lo alisté para su primer día. El pobre ha de haber pensado que su mamá se volvió loca porque lo besé, lo abracé, lo mordí y lo apachurré mucho más de lo normal. Ya por el décimo ataque de besos hasta me empujaba con su manita como diciendo: ya estuvo bueno, mamá. Yo también te quiero pero estoy todo babeado. Las lágrimas estaban controladas, pero la presión en el pecho no desaparecía.

En el coche iba temblando y tenía náuseas. Les juro no estoy exagerando ni tantito. El crío iba en su silla divirtiéndose con los pájaros matutinos y el sol colándose entre las flores de jacaranda. Qué bonitas son las mañanas de primavera, pero esa en especial estaba cargada de angustia para mí.

Llegamos a la guardería. Toqué el timbre y quise salir corriendo con mi hijo en brazos. Correr hasta el fin del mundo donde sólo existiéramos él y yo (disculpen mis pensamientos enfermizos). Para mi mala suerte abrieron muy rápido. Con el movimiento de la puerta se aflojaron mis lágrimas. Lo bueno fue que la Directora (que parece mi abuelita) me miró con comprensión y empatía. Lo que me hizo pensar que tal vez no soy la única mamá a la que se le van las cabras al monte la primera vez que deja al crío en la guardería.

Casi casi arrancó (o así lo sentí) al bebé de mis brazos y se lo llevó a su salón. No me dio tiempo de darle un último beso, pero supongo que fue lo mejor. Él se alejó confiado. Me senté en una silla a llenar papeles sin dejar de llorar. Ahora tenía a dos abuelitas abrazándome, pasándome kleenex y asegurándome que lo que estaba sintiendo era normal. Yo definitivamente no estaba preparada. No sabía que me iba a desgarrar emocionalmente o que me afectaría tanto dejarlo.

Ya no había pretexto para estar ahí adentro. Tenía que ir a casa a hacer todos los pendientes que ahora parecían insignificantes. Salí de la guardería y no pude caminar. Me agarré de un árbol que era lo que tenía más cerca y me puse a llorar como una loca desquiciada. Se me perdió la mujer madura, independiente, fuerte, desapegada e  íntegra. Lo único que quería era regresar por mi bebé, llevarlo a la casa conmigo y darle pecho en nuestra mecedora junto a la ventana, como tantas mañanas.

Pero no lo hice. Lloré unos cuantos minutos abrazada del árbol y  regresé a mi casa. Estaba silenciosa y vacía. No sabía qué hacer. Me preparé un café y me lo tomé mirando fijamente a la pared. Después fui al baño y no me sentí observada. Muy raro. Me di un regaderazo largo y juré que un bebé lloraba a lo lejos. Yo creo que esa paranoia se quedará por siempre. Prendí mi computadora y me dispuse a trabajar. No pude. Tenía sentimientos encontrados: una mezcla de tristeza, emoción, angustia, felicidad. Desde que soy mamá todo es demasiado intenso y confuso.

Así empezamos el crío y yo una nueva etapa. Creo que será más difícil para mí que para él. Nos extrañamos mucho, pero sé que fue una buena decisión y vamos a estar bien. Es cuestión de adaptarnos. Lo que duele no es el cambio, es resistirse a él. Hay que fluir.  Me gusta sentir que somos invencibles y podemos con todo. Tenemos suerte de enfrentar la vida juntos.

No me queda más que dar gracias al universo por los 11 meses que estuvimos compartiendo cada instante.  Fuimos muy felices. Llevo en mi corazón sus miradas, sus risas, sus llantos y todas sus primeras veces. Los días parecían largos, pero ahora me doy cuenta que el tiempo pasa rapidísimo. No puedo creer que en dos semanas cumplirá un año.

Qué bueno que lo abracé, lo cargué, dormí con él y lo amamanté tanto tiempo. Nunca me dio miedo embracilarlo. Qué bueno que dejé de hacer tantas cosas para cuidarlo, para jugar con él, para atenderlo, para arrullarlo, para calmar su llanto. Hoy sé que los pendientes pueden esperar. Ya habrá tiempo después. Mucho tiempo, quizás demasiado.

Los comentarios que NUNCA le debes hacer a una mamá

lo qu no le debes decir a una mama

  1. ¿Tu hijo no duerme la noche entera? Eso no es normal. Porque el mío a los dos meses ya dormía 12 horas de corrido. (Tú sólo piensas en las posibles formas de asesinarla con las ojeras hasta el piso, irritable y muy cansada.)
  2. ¿Siempre es así de llorón o ahorita está incomodo?
  3. No te preocupes dicen que en un año vuelves a tu peso normal. Esa barriguita que traes se te va a quitar. Además la lactancia ayuda a enflacar.
  4. ¿Para cuándo el siguiente?
  5. ¿Fue un accidente o sí lo planeaste?
  6. Aprovecha para dormir cuando el bebé duerma. Recuerda “Bebé duerme, mamá duerme”. (Claaaaaro, como no tenemos otras cosas que hacer.)
  7. ¿No se supone que no debes tomar alcohol en la lactancia?
  8. Lo que pasa es que no tienes paciencia.
  9. Mis hijos nunca fueron tan inquietos.
  10. ¿Quién va a poder más tu hijo o tú? ¿Quién es el adulto?
  11. Es tu culpa. Lo cargas mucho. Está embracilado.
  12. Pues nosotros les dábamos azúcar antes del año y nunca les pasó nada.
  13. ¿Le sigues dando pecho? Después de los 6 meses tu leche ya no es buena, no lo alimenta y no lo llena.

 

¡Mamás del mundo, uníos!

(OK exageré con el título de este post)

unios

Hoy amanecí con un beso húmedo del crío en mi cachete. Nos levantamos, me lo puse en el fular y bajamos a desayunar. Preparé un poco de manzana para él y un café bien cargado para el Culpable y para mí (sí, me tomo una taza de café de vez en cuando) porque últimamente dormimos fatal con los despertares nocturnos. A las nueve nos quedamos solos como todas las mañanas. Después de cambiarlo, lo amamanté bajo una cobija porque hacía mucho frío y lo acosté en su cuna para la siesta matutina. Me senté frente a la computadora y me puse a trabajar. En pocos minutos llegó su adorable nana tatuada para ayudarme a cuidarlo el resto del día y yo pueda cumplir con mis responsabilidades laborales.

Así inician mis días como una madre caótica que trabaja desde casa. Sin embargo, no puedo evitar pensar en todas las mamás que dejan a sus hijos en una guardería desde los 40 días de nacidos. Hoy más que nunca las admiro por su fortaleza. No debe ser fácil. La mayoría de los bebés ni siquiera sostienen la cabeza. La licencia de maternidad en México es una ridiculez y no todas nos podemos ir a vivir al Reino Unido o a Noruega donde dan 315 días de permiso.

Si yo trabajara en una oficina y mis condiciones fueran otras, definitivamente lo hubiera hecho también porque en realidad en este país no hay muchas opciones.

Es frustrante tener que enfrentarse a esa decisión: mi carrera profesional o mi maternidad. Simplemente no estoy de acuerdo. No hay por qué elegir. Se podrían hacer las dos cosas si el gobierno y la iniciativa privada nos apoyaran más.  Y no hablo sólo de las licencias de maternidad, hablo de guarderías de calidad, espacios para amamantar, horarios flexibles en las oficinas. Y no solamente para las mujeres. Los hombres también deben tener estas oportunidades para fomentar una crianza compartida. Aún recuerdo cuando regresamos del hospital después del parto. Pasamos una noche de locura, imagínense a dos padres primerizos sin la remota idea de cómo calmar a un bebé. A la mañana siguiente, el Culpable se tuvo que ir a la oficina porque no tuvo ni un día de permiso de paternidad. Me quedé en la casa sola, con una cosa extraña en mis brazos que no dejaba de llorar, adolorida por el parto, los pechos hinchados, un cansancio brutal y sintiéndome inmensamente sola. No es una memoria tan dulce.

Me preocupa que ni siquiera sea un tema recurrente en la agenda pública. No escucho muchos discursos de candidatos diciendo que pondrán guarderías gratuitas y buenísimas o que lucharán para aumentar los días de los permisos de maternidad y paternidad. No está como eje central en ningún plan de desarrollo y parece una cuestión irrelevante. Lo cual es inconcebible si las mujeres somos la mitad de la población y la mayoría de las personas en algún momento de su vida tienen hijos.

Pero lo que más más me preocupa es nuestra resignación. Es estar agradecidas por los 40 días en vez de luchar por lo justo. Yo no me puedo deshacer de ese pensamiento gris insistiendo que desde que soy mamá mis oportunidades laborales se redujeron en un 80%. Eso está muy mal. Lo peor de todo es que los más afectados son los niños y no es como si ellos puedan organizar un grupo de cabildeo para poner en la agenda sus necesidades. Así que nos toca a nosotros.

Por eso hoy les digo que no se queden calladas. Tienen derecho a trabajar y al mismo tiempo tener una familia. No por ser trabajadoras somos menos madres y no por ser madres somos menos profesionales. Participen en la vida política, acérquense a sus representantes.  Levanten la voz y exijan. No son beneficios, es lo justo.

Las cosas que dije que no haría

abrazo

Así somos. Siempre juzgando. Siempre emitiendo una opinión sin antes tratar de ponernos en los zapatos de alguien más. Nos siento cada vez más lejanos de la empatía, el entendimiento, la tolerancia y la solidaridad.

No crean que por ser domingo me entran unas ganas terribles de sermonear, solo estoy pensando en todas las cosas que dije que no haría cuando fuera mamá y aquí estoy, tragándome mis palabras en medio del maravilloso caos.

 

  1. Nunca voy a usar pañales desechables

Perdón planeta, pero agradezco la existencia de los pañales desechables y las toallitas húmedas. Me da remordimiento, pero luego me visualizo lavando pañales de tela y se me quita.

  1. Nunca voy a dejar que el crío duerma en nuestra cama.

Este punto se resume en tres palabras: VIVA EL COLECHO. Dormir los tres empiernados es lo que me permite descansar un poquito y poder levantarme lo suficientemente fresca para montar al mundo y resolver los mil y un pendientes. No es fácil ser mamá, trabajar y llevar la casa. Las ojeras y el mal humor son una amenaza constante. Ahora entiendo la dificultad de la doble carga a la que muchas nos enfrentamos, por no decir triple, cuádruple…

  1. Nunca voy a formar parte de los grupos de mamás en Facebook.

Esto me parecía ridículo, innecesario y una completa pérdida de tiempo. Solía pensar: mejor búsquense amigas de verdad. Pero está claro que yo no tenía ni idea acerca de la soledad que acompaña la maternidad, sobre todo al principio. Con esto sí se me debe estar haciendo la boca chicharrón, porque no sólo me parecen una gran herramienta para no sentirte sola en la crianza, sino que me confieso una adicta. Me encanta leer los comentarios de otras mamás y darme cuenta que muchas están pasando por lo mismo que yo. En estos grupos encuentras consejos, apoyo, compañía, solidaridad y por supuesto muy buen chisme.

  1. Nunca le voy a dar comida ya preparada para bebés.

Sí lo entiendo; todas queremos ser muy naturales y en serio nos esforzamos por darle lo mejor a nuestro bebé, pero no hay nada como el click de un frasco de papilla cuando son las dos de la tarde, tuviste un día de locos, todavía tienes muchas cosas que hacer, el bebé tiene hambre y en serio no tienes tiempo para lavar, hervir, moler.

  1. Voy a dejar que llore y a educarlo desde chiquito para que no haga berrinches.

Yo nunca dejo a mi crío llorar. No puedo. Además he aprendido que el llanto de un bebé no es una herramienta manipulativa. Cuando llora es que necesita algo y trato de atenderlo lo antes posible. Ya veremos qué es lo que pienso cuando lleguen los famosos y terribles berrinches de los dos años.

  1. Mi trabajo siempre va a ser mi prioridad.

La verdad es que eso sí cambio desde el día uno. Mi vida profesional ya no es lo más importante en mi vida. Ahora tengo la suerte de trabajar desde casa y más o menos puedo forjar mis horarios, pero de lo que sí estoy segura es que nunca jamás volveré a aceptar un horario matador de 9 a 9 (o más) como lo hacía antes, aunque sea el trabajo de mis sueños.

  1. Nunca voy a descuidar la intimidad con el Culpable.

No es que mi amor se haya reducido, pero si ahora toco la cama es sólo para dormir. Lo único que quiero hacer en mi tiempo libre es dormir. El crío ya tiene nueve meses y yo sigo brutalmente cansada. Por más que intento no puedo pensar en montar absolutamente nada como jinete del apocalipsis. A esto súmenle la reducción de espacios y tiempos para la pasión. Ya me ha pasado que a la mitad suena un alarido de un crío que reclama atención. Siento que mi cuerpo está enfocado en alimentar y no quiere otra cosa. Lo acepto resignada y con la esperanza que esto algún día cambie: no tengo ganas y punto.

  1. Nunca voy a ir a restaurantes con mi bebé.

Sí, yo era de esas que volteaba a ver feo a las familias ruidosas que iban a restaurantes con pañaleras, carriolas y niños. No entendía por qué no se quedaban en  casa y nos dejaban comer en paz a los demás. Pues pido disculpas por todas las miradas hostiles que aventé sin imaginarme que en unos años sería la que se sentaría en una mesa, cargada como una gitana y con un crío en brazos que va a estar súper inquieto y sí, probablemente va a llorar antes de que llegues al postre.

  1. Nunca voy a amamantar en público.

He olvidado el significado del pudor. La mitad de esta sórdida ciudad ha visto mis pechos. No me importa en donde esté o con quién, si el crío tiene hambre le doy de comer. Antes trataba de cubrirme, pero pues a él no le gusta así. A ver, ustedes métanse al baño a comer o háganlo debajo de una cobija. Pues claro que no.

  1. Solamente voy a amamantar a mi bebé lo mínimo necesario.

Llevamos nueve meses y contando. Me encanta la lactancia. El simple hecho de saber que mi cuerpo es capaz de producir leche para que mi bebé se alimente y esté bien me parece maravilloso. Ya sé que es lo más normal del mundo, pero yo no lo supero. Cada vez me llena de emoción y me conmueve hasta las lágrimas (ok exageré pero sí me pone muy feliz). Las miradas que compartimos cuando estamos tan cerca, en esa conexión tan única y tan nuestra, no las cambiaría por nada. Sé que algún día tendremos que parar (obvio no voy a aplicar la #gameofthrones), pero tan sólo de pensarlo me invade una nostalgia infinita.  Así que mientras tanto lo disfruto al máximo.

  1. Nunca me voy a vestir igual que mi bebé.

No lo hago todos los días, pero a veces no lo puedo evitar y otras lo hago sin querer. Y sí, también me tomo fotos cuando estamos haciendo el mismo gesto. Ni hablar.

  1. Nunca voy a descuidarme.

La verdad es que recuperé mi peso en tres semanas (no me odien), pero es casi lo único positivo relacionado con mi aspecto físico. Siempre me pongo lo más cómodo que encuentro en el clóset, mis uñas no están pintadas, mi pelo está hecho un desastre, mis cejas parecen un azotador, uso la ropa interior del embarazo, me quito la pijama por ahí de las 2 de la tarde y siempre estoy manchada de algo.

  1. Mi único tema de conversación nunca va a ser sólo mi crío.

Creo que esto no necesita más explicación, incluso abrí un blog. Por favor síganme visitando con base en el recuerdo de lo divertida que era antes.

  1. Nunca voy a llamar a mi bebé con nombres cursis y ridículos.

Mi amor, corazón, luz de mis ojos, mijito, chiquitín… No lo hago, pero ganas no me faltan de llamarlo principito.

Propósitos para el 2016

playi

Todavía no se acaba enero así que estoy a tiempo para hacer mis propósitos de año nuevo. Claro que tengo aspiraciones en otras áreas de mi vida (de repente se volvieron menos importantes), pero no creo que a ustedes les importe mucho. Así que ahí van los propósitos de una mamá caótica para el 2016:

  1. Aunque es más fácil comprar papillas ya listas, preparar en casa la comida del crío incluso cuando salgamos a algún lugar.
  2. Dejar de hacer colecho. Me encanta, pero como voy a tener que viajar un poco más por el trabajo, el crío debe acostumbrarse a dormir sin mí sino todos vamos a sufrir más.
  3. Buscar tiempo para estar con el Culpable a solas. No es que no nos encante pasar todo el tiempo con el crío, pero creo que nos hace falta. Mínimo una ida al cine o a cenar o a ponernos una borrachera de miedo (ok eso último no).
  4. Asistir con buena actitud a los eventos de mamás y bebés/niños.
  5. Aunque me cueste mucho trabajo, me tarde más en dormirlo y me crezcan unos círculos negros bajo mis ojos por unos días, eliminar las tomas de leche nocturnas.
  6. A pesar del cansancio, los mil y un pendientes, las responsabilidades laborales y el crío que gatea con la velocidad de un jinete del apocalipsis, debo de echarle ganitas a mi aspecto (jaja). Eso significa quitarme la pijama antes de las 12 del día, no vestirme con lo más cómodo que encuentre en el clóset, tirar a la basura mis calzones de embarazada (aunque me duela el alma) y usar ropa interior sexy, que mis piernas no parezcan un cactus, peinarme de vez en cuando y visitar el salón de belleza para que me pinten las uñas.
  7. Darme tiempo para mí solita, ya sea en actividades o con mis amigos.
  8. No estresarme cuando la casa esté demasiado desordenada, los pendientes del trabajo me estén comiendo, la nana no llegue, la comida no esté lista, la ropa no esté lavada, el crío esté todo batido de comida y preocuparme por las cosas que verdaderamente importan como estar feliz y hacer feliz a los que me rodean.
  9. Agradecer, agradecer y volver a agradecer al universo todos los días por las maravillas en mi vida.
  10. Vivir cada instante de la maternidad con la intensidad que solo alcanzo cuando me dejo fluir.

Vacaciones salvajes

playa

Confieso que me daba un poco de nervios llevar al crío a la playa. Toda esa cantidad de calor, arena y moscos no sonaba a vacaciones. Creí que iba a estar estresada la mayoría del tiempo y no iba a querer salir del cuarto del hotel. Además mi destino era un poco más salvaje y complicado de alcanzar que un resort todo incluido en Acapulco.

Tardamos 8 horas en llegar a Holbox. Taxi, avión, 2 horas de carretera, bicicleta, ferry y carrito de golf. A esta larga travesía súmenle cargar con dos maletas, el equipaje de mano, la pañalera, la carriola y por supuesto el crío. Ni en mis días por el mundo con una enorme mochila al hombro y medio cruda me había costado tanto trabajo. Lo verdaderamente rudo empezó cuando decidimos explorar los rincones más recónditos de la isla. Todo parecía una romántica escena de la Laguna Azul pero con una pizca más de arena en la boca del bebé, moscas gigantes, hormigas y sol picante.

Claro que todo valió la pena al enfrentarme con esos atardeceres, la sonrisa del crío cuando se metió al mar, mucha langosta y un tiempo sólo para los tres.

En fin, ya sea que decidan unas vacaciones salvajes o un resort todo incluido, aquí los consejos para llevar al crío a la playa y no morir en el intento:

  1. Protegerlo mucho del sol. Llevarle prendas delgaditas de manga larga y pantalones para que la menor cantidad de piel esté expuesta. Yo de plano lo dejé vestido todo el tiempo. Utilizar un sombrero tipo Gilligan para que también cubra la nuca. Embadurnarlo constantemente de bloqueador y si tienen que caminar usen una sombrilla. Por cualquier duda, vuelvan a embarrarlo por todo el cuerpo de bloqueador. Más vale que sobre a que falte.
  2. Procuren que la ropa que utilicen sea sólo de algodón para evitar irritaciones con el sudor.
  3. Embárrenlo también de repelente, más que nada cuando el sol se esté metiendo y los moscos asesinos salgan a buscar la dulce sangre de su bebé. Hay un producto buenísimo que son toallitas húmedas con repelente. Esto facilita mucho la aplicación.
  4. Utilicen pañales para nadar ecológicos de los que se pueden reusar. Son súper prácticos. En el mar de plano métanlo como un pequeño Adán con mucho bloqueador.
  5. Por supuesto (para mí no era tan obvio) lleven un arsenal de comida para bebé ya preparada. Hola Gerbers, adiós estar moliendo cosas en las vacaciones. Yo estaba en contra de la comida procesada porque quiero ser muy natural y esas cosas, pero a mí crío no le han salido manchas radioactivas en la cara y es muy práctico.
  6. Si todavía no come sólidos, procuren darle mucho pecho para que no se deshidrate. Si hace mucho calor también les recomiendo darle traguitos de agua fresca. #comafrutasyverdurasyconsulteasumedico
  7. Tienen que relajarse con el tema de la arena. A su bebé le va a encantar jugar con ella y después lo bañan bien y listo.
  8. Aunque estábamos de vacaciones traté de mantener los mismos horarios que manejamos en casa. Así no perdimos el ritmo y el crío se sintió cómodo todo el viaje.
  9. No olviden un botiquín de primeros auxilios y las medicinas básicas que normalmente utilizan cuando su bebé está molesto.
  10. Cuidado con el aire acondicionado y los cambios de temperatura. El mío sí se resfrió.    😦

¡FELIZ Y CAÓTICO VIAJE!