Adiós lactancia

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Llevábamos un año tres meses con leche materna y era momento de pasar a la siguiente etapa. Yo  nunca me he creído eso de “a los tres meses sostiene solo la cabeza, al año camina, ¿tiene dos años y le sigues dando pecho?”. La verdad es que cada bebé, cada mamá y, en general, cada ser humano es diferente.  Los tiempos de la maternidad son algo muy personal.

Sabía que no iba a ser algo fácil. Después de todo mi crío ni siquiera agarraba la mamila y por mi parte, pues disfrutaba infinitamente esos momentos de conexión profunda. Nunca voy a olvidar su mirada fija, su mano abrazándome con fuerza, su respiración y su piecito bailarín mientras tomaba pecho. Me encantaba el sonido, la sensación, el olor, la simple idea de saber que mi cuerpo era capaz de producir todo el alimento necesario para mantener vivo a la expresión máxima  del amor (jaja perdón me pasé de cursi). Me sentía la mujer más poderosa del mundo y al mismo tiempo totalmente vulnerable por no saber cómo manejar tanto amor y tanta ternura. Me gustaba alimentarlo en las madrugadas, cuando todo estaba silencioso y por instantes solo existíamos él y yo… bueno y la vida, la creación, la magia, la fuerza del universo. Era ese tipo de felicidad que te arranca lágrimas. Plenitud.

Claro que no fue fácil la lactancia. Al principio me dolía mucho, me irritaba y pues no tengo que recordarles la historia de mis caóticos viajes de trabajo  y el hecho de que no había poder humano que hiciera que el crío tomara mi leche de una mamila. Además, la lactancia es un compromiso. Al principio alimentaba cada hora y media, luego cada tres y pues durante muchos meses no podía separarme del bebé por más de cuatro horas. A veces me sentía atrapada y un poco desesperada. Otras veces me moría por echarme más de una copa y comer absolutamente todo lo que se me antojara. Pero al final la vida se trata de tomar decisiones. Yo decidí amamantar el mayor tiempo posible a mi hijo, y no me arrepiento ni un segundo. Hoy puedo decir que la lactancia es de las experiencias más maravillosas que he vivido.

Dejar  la lactancia no fue tan tortuoso como lo imaginé. Fui quitando tomas una por una durante aproximadamente un mes. Por supuesto que lloró un poco, pero creo que hacerlo con respeto y paulatinamente ayudó a suavizar el proceso. Recuerdo la toma de despedida. Era como si los dos supiéramos que era la última vez. Había complicidad en el ambiente y sonrisas. Inmediatamente después, como por arte de magia, agarró el biberón. Respiré de alivio.

En el proceso de verlo crecer se confunde la nostalgia con la emoción y se hace un nuevo sentimiento que no tiene nombre aún. Así es la maternidad: la urgencia de inventar palabras.

 

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