Un oscuro viaje de trabajo

linea

Desde que el crío nació yo trabajo en casa (otro día les contaré el gran reto que esto implica), pero la semana pasada sucedió lo inevitable: un viaje de negocios. No estaba tan feo porque iba a salir a las 6 de la mañana y regresar a las 10 de la noche. Así que preparé los arreglos logísticos para estar por primera vez un día entero lejos de mi bebé. Me saqué leche, escribí las indicaciones de cuidado, le llamé a la abuela y a la tía, el culpable pidió permiso para salir más temprano de la oficina y le recé a todos los dioses del universo porque todo saliera bien.

La verdad mi preocupación más grande era la alimentación porque mi crío  no agarra la mamila. No hay poder humano que logré que tome leche del plástico y hace un berrinche brutal cuando tratamos. Entre la tía, la bisabuela, la nana y el culpable se las iban a tener que arreglar y en el peor de los casos darle con gotero o vasito como un pajarito. Con toda mi angustia por su potencial inanición (OK estoy exagerando) lo tuve que dejar. Hay responsabilidades profesionales que debo cumplir.

Llegué a Ciudad Juárez, crucé a El Paso y tuve una exitosa reunión. Lo único es que sentía mis pechos llenos, pero nada preocupante. Terminó la junta a las 4:30 de la tarde y mi vuelo salía a las 6. Así que me monté en el coche con prisa porque solamente tenía una hora para cruzar al otro lado y llegar en tiempo.

Casi me da un infarto cuando llegué a la línea para entrar a México. Había demasiado tráfico. El chofer calculó una hora y media para cruzar el puente. Sin pensarlo demasiado, con el bochorno del calor de media tarde y la urgencia de volver a casa a darle de comer a mi crío, me bajé y me dispuse a cruzar el puente caminando.

El problema era que no contaba con la dificultad de cruzar la frontera en tacones de 12 centímetros, un vestido entubado que cuando corría se volvía microvestido y unos pechos llenos de leche que me empezaban a molestar muchísimo. En la subida me di cuenta que con esos malditos tacones no iba a llegar muy lejos, así que me los quité y empecé a correr como desesperada. La verdad nunca me han importado las miradas de extraños (ni de conocidos), pero la imagen sí era de una loca desquiciada. Así cruce el puente: descalza, hinchada, sudorosa, despeinada y seguramente con fuego en la mirada.

Al llegar a Ciudad Juarez no encontré ningún taxi. Corriendo no iba a llegar al aeropuerto y me quedaban 12 minutos para alcanzar el vuelo. Así que tuve que pedir aventón a los coches que iban llegando. Los únicos que me levantaron fueron unos albañiles. Me subí a la parte trasera de una pick-up roja y les supliqué que me llevaran a donde pudiera tomar un taxi. Todavía tuvimos tiempo de lanzar unas bromas y entre risas, más nerviosas que chistosas, me despedí de mis ángeles salvadores cubiertos de cemento y tomé un taxi al aeropuerto.

Lo bueno es que ya traía el pase de abordar y no había gente en seguridad. Al mirar la pantalla para buscar mi sala leí que mi vuelo estaba tres horas retrasado. Tres. Inmediatamente hablé a casa para avisar que iba a llegar mucho más tarde y colgué con la mala noticia de que mi leche se había acabado. Ni hablar. Dénle fórmula, sentencié. Enchúfensela como cualquier dios inexistente les dé a entender. Lo peor es escuchar a tu crío llorar a lo lejos y no poder hacer nada. Me sentía muy culpable. Seguro todas las mamás que trabajan me pueden entender. Por más que seamos mujeres emancipadas, conscientes que por trabajar no somos malas madres y no nos dejamos victimizar por prejuicios culturales machistas, mi corazón se deshizo en ese instante de impotencia en el que lo sentí  llorar y yo no estaba cerca.

Bueno, por lo menos no había perdido el vuelo. Ahora el problema era que mis pechos estaban a punto de explotar y yo estaba en un grito de dolor. Se me estaban saliendo las lágrimas. No podía respirar bien. Nadie nunca me dijo que la cosa se ponía tan fea. Nadie me dijo que debía llevar un sacaleche porque mis pechos se atiborrarían. Estaban presionando mi vestido, morados y llenos de bolas. Me ardían. No podía evitar dejar escapar un quejido cada vez que me movía. Tenía fiebre. No sabía qué hacer y me sentía muy mal. Literal, me senté en el suelo a llorar.

Pero no. Las guerreras como nosotras no nos damos por vencidas. Busqué un tutorial de cómo sacarte la leche manualmente. Me metí al baño y después de algunos intentos fallidos logré sacar chorritos. Y ahí estaba, queridas Amantes del Caos, en una de las escenas más patéticas de mi vida. Descalza, sacándome la leche con las manos, tírandola al excusado de un baño público y observando cómo se mezclaba con mis lagrimas en un fondo manchado de no sé qué. El dolor iba disminuyendo, pero la angustia de mi bebé hambriento no.

Después de seis horas, ampollas en unos pies negros de suciedad, pechos adoloridos, alma angustiada, vestido sudado, rímel corrido y unas ganas terribles de que el culpable me abrazara, llegué a mi casa como a las 2 de la mañana. Creí que el crío iba a estar en un berrinche furibundo, pero no. Entré a una casa oscura y silenciosa. La cocina estaba llena de mamilas, frascos de fórmula y esterilizadores. Subí al cuarto y me encontré a los dos hombres de mi vida plácidamente dormidos. No me importó mi estado y me metí a la cama a acurrucarme. El calor de sus cuerpos fue suficiente consuelo. Respiré cerquita del cuello de mi bebé y se me olvidaron todos mis percances. Lo desperté suavemente para darle  de comer. Suspiré.

Por fin llegaste. ¿Cómo te fue? preguntó el culpable entre sueños. Mi risa hubiera sorprendido al mismo diablo.

Consejos desde el caos para un viaje  de negocios:

  1. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche. Lleva un sacaleche.
  2. Deja siempre más leche de la necesaria por si cualquier cosa.
  3. Redacta unas indicaciones muy detalladas de los cuidados y la rutina de tu crío. Incluye todo lo que sus cuidadores deban saber.
  4. No estés hablando cada 5 minutos a ver cómo está tu bebé.
  5. Pon más esfuerzo en planear a la perfección tu viaje para evitar incómodos percances que te hagan perder el juicio.

5 comentarios en “Un oscuro viaje de trabajo

  1. Espero que al menos la reunión fuera todo un éxito!? Jeje. Esos días pasan muy a menudo, tú crees tener todo planeado a la perfección pero luego pasan imprevistos y se va todo a la m….. Igualmente como tú bien has dicho eres toda una guerrera, y seguro te sorprendiste de lo que llegaste a hacer por tu bebe. El amor de una madre lo puede todo! Un saludo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s